Recomendados en la bahía

A la segunda parte de nuestra estancia californiana se apuntó mi suegra. Desde su llegada, cambió un poco el ritmo de vida; ella no cocina nada pero es muy generosa para invitarnos a comer fuera; aprovechando el ánimo vacacional, comimos en algunos sitios francamente buenos (a los cuales no hubiésemos podido acceder sin invitación!). Aquí van los destacados: 

 

MilleniumSi le hubiera dicho a I. que había reservado con un mes de antelación en un restaurant vegano, me habría dicho "probemos otra cosa". Pero como lo conozco, no dije nada. Además, Millenium no es cualquier restaurant vegano. Su cocina es de un nivel que pocas veces en mi vida he probado, y justo da la casualidad que en toda la carta no hay carne ni lácteos. Impresionante. Los platos tienen descripciones muy largas en la carta, cada uno con gran cantidad de ingredientes y orígenes de inspiración diversa. Pero elijas lo que elijas (probé todos los 7 platos que pedimos, incluído el postre: una cheesecake de chocolate -sin lácteos!) están garantizados los sabores refinados, complejos, deliciosos. Tal vez el plato que más me impresionó fueron las setas king trumpet rebozadas en harina de arroz arborio y cilantro que pidió I. El sitio es caro, pero lo vale. No vayas caminando como fui yo; está en un barrio bastante feo, el Tenderloin. 

 

Chez Panisse Café. Un mes antes, ni un día más, hice la reserva. Llegó el ansiado día, y yo, emocionada. Comer en un sitio tan legendario no sucede tan a menudo (y además estaba al lado de casa!). Chez Panisse acababa de reabrir sus puertas tras las reconstrucciones por un incendio (que debe haber sido tremendo, ya que la decoración es toda en madera). Chez Panisse es el bebé de la mítica Alice Waters, chef y activista, quien allá lejos y hace tiempo creó lo que se convertiría en una manera de comer y, para algunos, casi un estilo de vida. Cocina californiana, basada en ingredientes frescos, ecológicos, locales y estacionales. Estos conceptos hoy tal vez ya no nos digan tanto, pero en 1971 cuando se fundó el restaurant, significaban un lenguaje nuevo. Chez Panisse abarca un restaurant en la planta inferior, y el café en la de arriba. En el restaurant sólo se cena, un menú fijo que cambia a diario, por $85 por persona. Con I. ya decidimos que algún día celebraremos un evento importante allí. De todas formas a mí siempre me gusta más comer que cenar fuera, ya que me apetito va con la luz del día, así que optamos por el café, con una carta flexible pero no enorme. Todos los platos que elegimos -un salmón de California con patatitas y judías tiernas, calamares de la bahía de Monterey con ensalada de pimiento, hinojo y mayonesa de azafrán, una pasta con verduras de verano y ricotta fresca- sabían a recién pescado o cosechado. Los sabores son puros y pronunciados, remitiendo inmediatamente a su origen. Es un tipo de cocina al que estoy acostumbrada; no recibes la gran sorpresa de  las atrevidas combinaciones de Millenium, pero nunca defrauda. Tal vez el plato más destacable haya sido el postre, un sorbete de albaricoque que parecía -en sabor, forma y textura- albaricoque puro congelado. El café estaba lleno a rebosar; me costaba entender cómo podían hablar de otra cosa que la comida o el hecho de estar en Chez Panisse. 

Sushi Ran. Uno de los últimos días del viaje, en una tarde excepcionalmente despejada, cruzamos el puente a Sausalito para visitar este restaurant japonés del que I. tenía muy buenas referencias por algún podcast o blog que sigue de alguien de la zona. Como creo que fui asiática en otra vida, y un poco lo sigo siendo en el corazón (o al menos en los gustos estéticos y culinarios), uno de los aspectos salientes del viaje fue el acceso a tanta cocina china y japonesa, que aproveché bastante. Pero Sushi Ran es algo especial. La carta no tiene desperdicio: sushi por un lado, y platos de la cocina del otro, cada uno con su chef respectivo. Los dos lados de la carta nos resultaron tan atractivos que casi pedimos un plato de cada. Calmé mi ansiedad con una maravillosa sopa de miso llena de setas, servida en un bol de cerámica Heath (que se fabrica en Sausalito) que en sí fue una experiencia sensorial. Y creo que nos los hubiésemos comido todos los platos de la carta entre los cinco sin piedad, porque los sabores y combinaciones nos impresionaron por igual a los cinco. O. sola, en general muy discreta con la comida (por no decir quisquillosa), se cepilló ella sola un bol de edamame, otro de arroz, y dos makis casi enteros de tempura de gambas, daikon, brotes de daikon, tobiko, espárrago, gobo y lima. I. pidió un maki de piel de salmón con gobo, cebolletas tiernas grilladas, copos de bonito, shiso y brotes de daikon; y otro de cangrejo, daikon, tobiko, espárrago, gobo y lima. Ambos con wasabi fresco de la casa (no la versión barata de los pomos). Mi suegra y yo optamos por platos de la cocina. Ella pidió un tataki de pescado: jurel (yellowtail) ahumado con pomelo, aguacate y salsa de yuzu y pimienta negra. Refrescante y lleno de perfume (adoro el yuzu, cítrico japonés). Yo acerté de pleno con la degustación de verduras, servido en diferentes platitos con, sucesivamente: coliflor asada con especias; kale con dátiles y arroz inflado crujiente; y mi favorito: coles de bruselas con kimchee (aquí un purista diría, con razón, que no es muy japonés; estamos en California). 

Yoshi's. Esta también fue una salida planificada con antelación desde Barcelona. En un viaje a San Francisco con mi amiga V. hace 18 años cuando mi padre vivía allí, estuve en Yoshi's de Oakland (desde entonces han abierto uno en San Francisco también) viendo nada menos que a McCoy Tyner. Yoshi's es un club de jazz, no demasiado grande (aforo de unas 300 personas) pero donde tocan grandes figuras en conciertos íntimos. te sientas a una mesa y puedes pedir tragos e incluso algo de picar. Pero también tiene un restaurant contiguo que es, obviamente, japonés. (Sí, lo siento si soy pesada, la última recomendación es otro japonés.) Aprovechando la visita de la suegra, planificamos una salida romántica de cena y concierto. Lo genial de combinar los dos programas es que cuando cenas antes de un espectáculo, el mismo restaurant te reserva una mesa en la sala de conciertos, con lo cual no tienes que preocuparte por llegar antes. Excelente sushi (que retrospectivamente palideció un poquito con la posterior visita a Sushi Ran). El restaurant está sobre el embarcadero de Oakland, donde están las vías del tren, y mientras cenamos iban pasando a cada rato unos trenes enormes del otro lado de la gran cristalera. Ambientación de película. Por fechas nos tocó un concierto del guitarrista y cantante de jazz John Pizarelli y su cuarteto de jazz, que en esta ocasión tocaba con Jessica Molaskey (la mujer de Pizarelli). Se los ha llamado la familia cool. Siempre me han gustado los músicos que hablan con el público; Pizarelli no escatimaba, y el rapport entre él y Molaskey era ágil y divertido (de hecho tienen un programa de radio juntos), añadiendo una faceta de comediante a sus dotes musicales (que no son pocas). Las canciones del album que presentaban, Double Exposure, eran mezclas de temas del gran cancionero americano de los años 60 con canciones pop de los 80. Fue divertido reconocer las canciones clásicas entre las mezclas.