Cosas nuevas

Ya llevamos tres semanas y media en California y de momento seguimos de luna de miel. Dos cosas, sobre todo, me tienen captivada: la enorme presencia de la naturaleza en el día a día (I. todavía no se acostumbra a ver las ardillas a todo rato; ayer cuando iba en bici a yoga una mofeta cruzó mi camino) y la luz, la preciosa luz brillante que ocupa cada rincón de mi casa. El piso donde vivíamos en Barcelona nos encantaba pero la mitad del piso -incluyendo la cocina, donde paso largos ratos- era interior y requería luz artificial durante el día también. Aquí mi cocina tiene un gran ventanal que mira al camino para bicicletas que bordea nuestra casa, así que veo gente pasar, un poco de césped, y muchísima luz. En el alféizar de esta ventana coloqué un pequeño florerito que siempre tiene alguna flor; ahora mismo es una gerbera blanca, mañana seguramente la reemplazará por estas pequeñas bellezas que compré en el farmers' market de Marin ayer, junto a este enorme ramo de coles de Bruselas (ah! es así como crecen! dijo mi amiga S., lo mismo que pensamos nosotros cuando los vimos).

coles de Bruselas en el talllo!

En este post del verano ya os hablé de los farmers' markets, los mercados al aire libre donde los agricultores venden sus productos, mi actividad favorita. En muchos sitios de Estados Unidos sólo suceden en temporada (porque en invierno hace demasiado frío y no cultivan casi nada) o sólo los fines de semana. En esta zona tenemos la enorme fortuna de tener mercados casi a diario en distintas ubicaciones de Berkeley mismo y alrededores. Los sábados es el mercado más grande de Berkeley, pero cada barrio tiene su día entre semana (por aquí es los jueves por la tarde) y son más pequeños pero más que suficientes para hacer una buena compra y pasar un rato agradable escuchando música en vivo y comiendo algo rico y fresco al aire libre.

Hay dos mercados sin parangón, que son el del Ferry Building de San Francisco los sábados por la mañana, y el de Marin los domingos. Creo que podría dedicarme exclusivamente a visitar farmers' markets. Tal vez debería convertirlo en una empresa, como tan hábilmente saben hacer los americanos con todo.

Ayer tuvimos el gustazo de visitar el de Marin, donde llené la nevera de fruta, verdura, granos e incluso pescado fresco (como también algún añadido extra, como unas cremas cosméticas naturales), variado y de una calidad suprema. Después de recorrer todos los puestos nos sentamos a comer algo (yo una sopa de lentejas y quinoa, y la familia unas crepes diversas) y disfrutar de la música en vivo. Un simpático niño de 2 años de la mesa de al lado invitó a bailar a O., y terminamos charlando e intercambiando datos con los encantadores padres del nene, con quienes hemos quedado para hacer un picnic en breve. Ves, le dije a I., uno incluso consigue hacerse amigos en el farmers' market.

Además de las coles de Bruselas, hubo un par de compras exóticas para mí, y quería compartirlas con vosotros. Por un lado compré farro, un grano que es una variedad antigua del trigo, pero con 1/3 del gluten del trigo actual (o sea, me dijo el agricultor, como debería ser el trigo). Como ya sabéis, yo dejé de comer trigo hace unos pocos meses, ya que no lo estaba tolerando muy bien, cosa que no me pasa con las variedades antiguas que conseguía en Barcelona, como la espelta o el kamut. Yo de hecho le pregunté si era como la espelta y me dijo que nada que ver, aunque después, haciendo un poco de investigación, descubrí que hay todavía confusión sobre qué es exactamente el farro, y se confunde muchas veces con la espelta. Por lo visto muy pocos productores lo cultivan aquí en California (así me informó el del puesto de al lado, al que le compré arroz integral y mantequilla de almendras, y me vio el paquete de farro en la mano) y por lo tanto su precio es bastante elevado, y lo trataré como comida de lujo.

farro

El farro en cocción se parece un poco a la cebada, es un grano grande que tarda un poco más que otros en hervir. El agricultor me dijo que igual que el arroz pero en casa vi que no, que tardaba  más (no menos de 50-60 minutos, a menos que sea farro semi-perlado), e incluso después de consumir todo el agua (a proporción 2:1) es un grano que queda muy al dente. Queda genial en sopas o ensaladas (tengo ganas de probar ésta).

Yo hice una especie de risotto de farro con el otro ingrediente estrella del día, el brócoli rabe, también llamada rapini, una crucífera verde que se parece un poco al brócoli pero no desarrolla las grandes flores. Es alto en vitaminas A, C y K y potasio, calcio y hierro. Este manojo era una belleza de hojas, tallos y flores amarillas que no sabíamos si comer o poner en un florero (O.  lo llevó en la mano como si fuera un ramo de flores pero mientras recorríamos el mercado, ella y su hermano iban degustando las diferentes partes de la planta y las proclamaros muy aptas para el consumo humano de esta familia). Se usan bastante en el sur de Italia, por lo visto, y se parece un poco a los grelos gallegos. Se puede comer crudo tal cual en ensaladas, o saltear unos 30 segundos. Yo lo que hice fue saltearlo en el wok en etapas: primero los tallos cortados, luego las hojas, y finalmente añadí las flores con el fuego apagado (a la vez que añadí el farro cocido), y con el calor residual del hierro colado se cocinaron un poquito.

Farro con brócoli rabe  

Lo serví con una bandeja de verduras de raíz de todos los colores (remolachas pequeñas y zanahorias baby multicolor) bien asadas con un poco de aceite de oliva extra virgen, sal del Himalaya, comino e hinojo. Y resultó una cena de domingo muy celebratoria, festejando esta vida que aún no parece nuestra, como dice B., pero poquito a poco empezará a serla.

verduras de raíz multicolor al horno